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Autor Tema: SON MÁS INTELIGENTES LOS QUE LEEN O LOS QUE NO LEEN (Víctor Moreno)  (Leído 219 veces)

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Naturalmente que sí

No sólo parecen, sino que lo son.

Los lectores dan sopas con sapos a quienes, no sólo no leen ni un prospecto de aspirina, sino a aquellos que consideran que leer es una pérdida de tiempo. Un conocimiento que no habrán adquirido por personal experiencia lectora, supongo.

¿Cómo pueden decir que leer El Quijote es una pérdida de tiempo si jamás han pasado de la primera línea?

Decir que la lectura es una pérdida de tiempo sólo lo puede decir alguien que no se lleva bien con la inteligencia. Es la prueba más clara de que dicha persona, no sólo roza los límites de la ignorancia, sino que, mucho peor aún, parece que no tenga remedio.

Quienes no leen, no son inteligentes y ni quieren serlo, y deberían estar callados y no presumir de que son ignorantes perdidos. Ir por la vida pregonando que no hojean ni siquiera un tebeo es imprudencia temeraria que puede ocasionarles graves consecuencias para su salud mental y física.

La lectura revoluciona la mente. Es el aerobic del pensamiento por excelencia. Cada vez que te enfrentas con una página, tu inteligencia se pone a prueba. Un órgano que no se usa se atrofia. ¡Y son tantos los órganos necrosados que tiene el ser humano por falta de uso! Los órganos que se anquilosan por no leer son tan numerosos que necesitaríamos un Quijote para enumerarlos.

Una buena manera de que la inteligencia no se seque es sacudirla mediante riegos dosificados de lectura. Esta humedece los surcos de las cisuras cerebrales haciendo que la sensibilidad esté siempre con tempero, despierta a removerse por cualquier síntoma. Hasta qué grado la lectura agiliza la inteligencia que, últimamente, los médicos, en lugar de recetar pastillas a las personas para prevenir el mal de Alzheimer, les aconsejan que lean aunque solo sean esquelas.

Prestar atención y entender lo que dicen los demás y, sobre todo, interpretarlo bien, es un ejercicio intelectual que ayuda a mantener despierto, no solo el cerebro, sino, mucho más importante, el sentido del respeto a las diferencias y a integrarlas en nuestra vida sin ningún sofoco.

El lector es más inteligente que el no lector, porque la lectura ofrece mecanismos de autodefensa ante los conflictos del exterior y del interior. Leyendo se aprende cómo otros afrontan los problemas, no sólo mentales, sino, también, afectivos que padecen y que son semejantes a los nuestros. La lectura te da muchas pistas de cómo actuarán los seres humanos en circunstancias concretas aunque, es cierto, acepto que tal conocimiento previo en muchos casos no sirve para nada ante las jugarretas de los listos.

El lector es más inteligente que quien no lee, porque, al leer, piensa más. Y sólo las personas que piensan se vuelven inteligentes. Quédate con la copla: “Quien lee, piensa”. Y pensar es pesar y sopesar lo que decimos y lo que hacemos. Una persona se hace inteligente en la medida en que ziriquea su caldero mental. Y la lectura, si algo hace del lector, es un sujeto pensante, cosa que no sucede con el no lector que, rara vez, se detiene a decantar –cribar por el cedazo de la reflexión-, lo que hace y lo que dice. Puede suceder que el lector piense cuando ya no merece la pena pensar, pero esto forma parte de la casuística que acompaña al mundo plural de los lectores.

Es alucinante que ante algo tan elemental y tan sencillo como es la lectura, que no cuesta nada y que está al alcance de todos, no la cultiven las personas de cualquier condición, sabiendo como es sabido que quien lee se vuelve mucho más inteligente y más empático. Para colmo, el estrés desaparece en tu vida y, con un poco de paciencia, hasta el cutis de la piel se vuelve más terso, mucho más leyendo a Bécquer que con una aplicación de bótox.

Hay que ser muy tonto para no leer sabiendo que al hacerlo uno se volverá, no tan inteligente como Einstein, pero casi como Euclides.

Naturalmente que no

La mayoría de la gente que lee considera que son más inteligentes que quienes no lo hacen. Sin embargo, ninguno de estos sujetos sería capaz de distinguir si la forma de actuar de estas personas lo debe a sus lecturas.

Las sorpresas que da la vida en esta materia son innumerables, demostrándose que ciertas explicaciones basadas en el conductismo no son nada razonables.

¿Se puede relacionar la inteligencia con la lectura? ¿Se puede afirmar que quienes leen son más inteligentes que quienes no han leído en su vida nada de nada? Naturalmente que sí.

Pero las conclusiones obtenidas no son tan consistentes como desearían los lectores, sobre todo si estos son compulsivos.

Hay personas que tenemos como inteligentes y no han leído un libro en su vida. Incluso se vanaglorian de ello, ya que consideran que son inteligentes por no haber leído jamás.

Observen la existencia de esos sujetos avispados que llegan a presidentes de gobierno y lo único que han leído en su vida, eso dicen, es la Biblia. En realidad, no han leído nada de nada, pero queda muy bien decirlo.

En estos casos, lo más pertinente sería que estas personas, que llegan a cargos tan importantes para el destino de la sociedad, proclamaran sin complejos lo que un ínclito alcalde de Pamplona dijo en su día: “He llegado a ser alcalde la ciudad sin haber leído jamás un libro”, estableciendo, sin ser consciente de ello, la correlación intrínseca entre no leer y acceder a cargos públicos. Todo un adelantado a su tiempo.

La lectura no cultiva la inteligencia si uno no es inteligente. Si uno es tonto, o aspirante, por mucho que lea no se volverá inteligente. Más todavía.

Yo convivo con gente que lee best sellers y obras clásicas y no veo en su comportamiento habitual ninguna diferencia, ni en sus juicios, más o menos atinados, como en sus maneras de proceder. Y he visto cosas realmente curiosas. Gente que lee libros que dicen complejos y difíciles, y luego en las elecciones generales vota a la derecha más ruin.

¿Para eso lee la gente, para votar luego a la derecha reaccionaria? ¿Eso es propio de personas inteligentes?

La gente que no lee dispone de medios ajenos a la lectura para poner a remojo su inteligencia y hacer que ésta crezca. Una discusión con los demás que no piensan como tú puede azuzar tu ingenio más que diez libros leídos de Elvira Lindo o de P. Reverte.

Observen, además, que la inteligencia de quienes leen está sometida siempre a lo que leen, pero no a lo que piensan por sí mismos. Rara vez piensan en las cosas por sí solos. Se las tienen que servir en bandeja. ¿Es eso propio de personas inteligentes? ¿Estar todo el santo día sobando ideas de los demás? Una persona inteligente es aquella que piensan en las cosas por propia decisión.

La inteligencia no está en los libros. Está en el cerebro humano. Por eso, la pregunta adecuada sería esta: ¿cómo se puede saber que un libro es inteligente si quien lo lee no lo es?

Hay mucha gente que lee muchos libros y no parece que haya superado el umbral diferencial entre estupidez y cretinismo mental. Y social, ni te cuento. No es por nada, pero, quizás, muchos de nosotros nos encontremos entre estas personas, o conozcas a algún catedrático de lengua en esa situación.

Quienes sigan pensando que por leer son más inteligentes que quienes no leen, es porque, tal vez, no sepan leer de forma inteligente. Pero esto solo lo pueden saber quienes leen. Y ese, felizmente, no es mi caso.

Extraído del vínculo: https://www.nuevatribuna.es/opinion/victor-moreno/son-mas-inteligentes-leen-quienes-no-leen/20151021125439121478.html
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CONTRA LA ARROGANCIA DE LOS QUE LEEN (Christian Vázquez)
« Respuesta #1 en: Diciembre 11, 2018, 06:14:01 pm »

Muchos lectores están convencidos de ser superiores a quienes no leen, y sienten por ellos una conmiseración que pronto se convierte en menosprecio. Pero no existe tal superioridad, y esos sentimientos son paradójicos, dado que, en teoría, la lectura promueve la empatía y la tolerancia.


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Entre los numerosos motivos que suelen hacer que algunas personas se sientan superiores a las demás, uno bastante frecuente es el de haber leído. Hay gente que cree que, solo por haber leído unos cuantos libros a lo largo de su vida, tiene mayor autoridad ética o moral que la gente que no lo ha hecho. No solamente minusvaloran sus ideas y opiniones, sino que además a menudo convierten a esas personas en objeto de burlas.

 

Es curioso, porque el efecto debería ser justo el contrario. Se atribuye a Flaubert una frase que afirma que “viajar te hace modesto, porque te das cuenta del pequeño lugar que ocupas en el mundo”. Pues leer debería hacerte modesto también, ya que te permite advertir lo poco que sabes cuando hay tanto por saber. O te hace leer consejos como aquel con el que comienza El gran Gatsby, una de las mejores novelas del siglo XX: “Cada vez que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha tenido tus ventajas”. Con solo hacer caso de esa recomendación, los lectores arrogantes ya reducirían a la mitad los méritos que hacen para recibir ese calificativo.

 

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Los motivos por los cuales muchas personas no leen —la mayor parte de la humanidad, por cierto— son muy variados. En general se trata de una falta de gusto por la lectura, con frecuencia debido a que ese gusto no tuvo oportunidad de ser desarrollado, en muchísimos casos a causa de condiciones socioeconómicas (pobreza, marginalidad, instituciones educativas deficientes, empleos que demandan mucho tiempo y esfuerzo físico, etc.) que lo tornan muy dificultoso o virtualmente imposible, como bien lo sabía el padre del narrador de El gran Gatsby.

 

Sería deseable, desde luego, que esos obstáculos se eliminaran o se redujeran al máximo y que todo el mundo tuviera oportunidad de desarrollar el gusto por la lectura. Más allá de eso, en cualquier caso, es muy interesante en este sentido la mirada del escritor argentino César Aira, quien en un texto sobre literatura y best sellers afirma que a la gente que no lee ni quiere leer literatura “no hay que reprocharle nada, por supuesto; sería como reprocharle su abstención a gente que no quiere practicar caza submarina; además, entre la gente que no se interesa en la literatura se cuenta el noventa y nueve por ciento de los grandes hombres de la humanidad: héroes, santos, descubridores, estadistas, científicos, artistas; la literatura es una actividad muy minoritaria, aunque no lo parezca”.

 

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Y, sin embargo, los reproches están ahí. Circulan todo el tiempo, y sin mayor cuestionamiento, en charlas, redes sociales y otros foros frecuentados por lectores. Para decirlo con Juan Domingo Argüelles:

 

“Una buena parte de la gente que lee libros de manera asidua y con hábito irreversible está convencida de que todo aquel que no tenga ese similar comportamiento […] está moral y culturalmente incompleto y carece de ciertos elementos definitivos y definitorios para comprender el mundo. A esta gente le ofende sobremanera que pueda cuestionarse o someterse a examen esa visión. Es natural: en dicho cuestionamiento, hay muchos que encuentran una impugnación y, más aún, una negación de ellos como modelos mejor acabados de la cultura escrita, los libros y la lectura. Se sienten ofendidos porque asumen que poseen una incuestionable superioridad sobre los que no leen”.

 

En su libro de ensayos Ustedes que leen, publicado en 2006, Argüelles sigue diciendo que esos lectores “de la conmiseración por los que no leen pasan, con mucha facilidad, a una arrogancia parecida al desprecio”. Y destaca lo “absurdamente paradójico” del asunto, ya que una persona que lee debería ser más tolerante con los demás. Y luego da un argumento muy parecido al de Aira:

 

“Una actitud así es tan incomprensible como sentir lástima y menosprecio por los que no gustan de la danza, el cine, la música, la pintura, el teatro, el fútbol, el golf, el tenis, el críquet, etcétera. La gente lee o no lee, y leer es mejor que no leer, como también saber jugar fútbol es mejor que no saber hacerlo…”

 

En la misma línea, el francés Albert Béguin, en un ensayo de su libro Creación y destino (publicado de manera póstuma en 1973), sostiene que la vocación de leer “no confiere ningún tipo de superioridad: hay gente que tiene otras vocaciones; hay gente que no leerá jamás y que no vale menos que los que son ‘leedores’ casi de nacimiento”.

 

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Desde estas páginas hemos ensalzado —y lo seguiremos haciendo— el valor de la lectura, la fuente de gozo que son los libros. La lista de beneficios de la lectura es extensa: favorece la concentración, la inteligencia, la empatía, el intercambio de información, hasta el desarrollo neuronal es diferente en una persona que lee. Leer es mejor que no leer. Lo digo y lo repito para que nadie vaya siquiera a sospechar en este texto un asomo de diatriba contra la lectura, los lectores o los libros.

 

Todo lo contrario: este es un intento, también, de contribuir con la difusión de la lectura. Porque si alguien que lee menosprecia a otros debido a que no leen, es probable que esos otros también rechacen y desdeñen al lector y, por añadidura, a los libros. Por eso los trabajadores argentinos coreaban “alpargatas sí, libros no” en 1945. Por eso John Carey, catedrático de literatura en la Universidad de Oxford, escribió en el prólogo a su libro Puro placer (2010), una recopilación de ensayos sobre clásicos, que “los no lectores encuentran a los lectores engreídos. Los lectores no llegan a comprender con qué llenan la cabeza los no lectores […] La distancia entre la gente que lee libros y la que no los lee es la mayor de todas las divisiones culturales; trasciende las diferencias de edad, clase y género”.

 

Si, en cambio, los que leemos somos capaces de aprender —de los libros o de donde sea— a ser humildes y dejar de lado esa arrogancia y cualquier arrebato de argumento ad hominem (“qué va a tener razón, si no leyó un libro en su vida”), sin duda servirá, como mínimo, para evitar esa repulsión natural por parte de los no lectores. En el mejor de los casos, será una recomendación; no de un libro en particular, sino de la lectura. Porque resultará una forma de aplicar eso que sabemos de manera intelectual y racional: una demostración práctica de que leer nos hace mejores personas.
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LECTURA Y PLASTICIDAD CEREBRAL (José R. Alonso)
« Respuesta #2 en: Diciembre 11, 2018, 06:20:43 pm »

Hablamos de plasticidad neuronal, la flexibilidad del cerebro, ese fenómeno asombroso en el que unas neuronas nacen y otras mueren; las dendritas cambian su patrón de ramificación o son podadas, las sinapsis se crean, se dividen, se eliminan o se hacen más o menos potentes. Ese proceso es la base de la memoria y el aprendizaje y, a su vez, la memoria y el aprendizaje modifican el cerebro.

La plasticidad neuronal existe en todas las edades y eso nos permite aprender en la vida adulta. Pero ¿hasta dónde llega ese efecto? Eso es lo que se ha planteado Michael Skeide y sus colegas del Instituto Max Planck de Ciencias del Cerebro y Cognitivas, en Leipzig (Alemania). Este grupo trabaja en el desarrollo normal y alterado del lenguaje y la alfabetización, usando sobre todo una combinación de técnicas de resonancia magnética de alta resolución en combinación con datos de comportamiento y secuenciación génica.

Aprender a leer es una experiencia cultural intensa que requiere una formación sistemática y una práctica intensa durante meses o años. Lo cambios en la irrigación sanguínea en el cerebro inducidos al percibir letras impresas cambian a las pocas semanas de empezar a trabajar la relación letras-sonidos. Poco después se ve una selectividad funcional a la letra impresa en el sistema visual -en la corteza occipital bilateral- y en una región que procesa símbolos multimodales que está situada en la corteza fusiforme temporo-occipital izquierda. En otras palabras, el aprendizaje de la lectura pone en marcha adaptaciones cognitivas que se manifiestan en un incremento del consumo de oxígeno en zonas cerebrales durante el procesamiento de la letra impresa. Hasta ahora había dudas sobre si la adquisición de la lectura generaba una reorganización intrínseca de los circuitos neurales. Ahora sabemos que sí es así.

¿Y cómo lo han hecho? ¿Cómo ves hasta qué punto la cultura es capaz de modificar el cerebro y cómo lo hace? Para ello estudiaron un grupo de adultos analfabetos y les enseñaron a leer y a escribir. Es algo interesante porque la lectura y la escritura, esas dos actividades sublimes del cerebro humano, son muy recientes evolutivamente y, por tanto, no han tenido tiempo de generar un sustrato genético. Tampoco hay un área cerebral dedicada específicamente a la lectura. Dicho de otra manera, no tenemos genes para leer y para escribir y usamos unos circuitos neuronales que ya existían, por ejemplo para distinguir detalles en una visión más amplia. Cuando aprendemos a leer nuestro cerebro efectúa una especie de realineamiento: zonas que evolucionaron para el reconocimiento de objetos complejos, como las caras, se encargan de traducir las letras en lenguaje y algunas regiones de nuestro sistema visual se transforman en interfaces entre el sistema visual y el sistema de lenguaje.

Los investigadores reclutaron treinta adultos hablantes de hindi de dos aldeas cerca de ciudad india de Lucknow, con 31 años de edad media. A veintiuno de ellos les enseñaron a leer y escribir con la letra Devanagari, que se usa para el hindi y otras lenguas del subcontinente indio. Los otros nueve, a los que no se les enseñó a leer y escribir en ese período, sirvieron de controles. A todos se les hizo un escáner del cerebro antes y después del período de seis meses.

El resultado principal es que a la finalización del estudio el equipo alemán encontró cambios significativos en los cerebros de las personas que habían aprendido a leer y a escribir. Mostraban un incremento de la actividad cerebral en la corteza, la porción más externa de los hemisferios cerebrales y que se encarga, entre otras funciones del aprendizaje. Eso es algo conocido pues la lectoescritura genera una reorganización cortical. Pero lo que fue más llamativo es que aprender a leer cambia también regiones cerebrales que no tienen que ver, en principio, con leer, escribir o aprender. Los investigadores vieron que la plasticidad neuronal inducida por la alfabetización incrementaba también la conectividad funcional entre el lóbulo occipital y áreas subcorticales en el tronco del encéfalo (colículo superior derecho) y el tálamo (núcleos pulvinares bilaterales). Estas áreas adaptaban sus patrones de descarga a los de la corteza visual. Más aún, cuánto más sincronizados estaban los tiempos de esa actividad neuronal en ambas regiones, mejor era la capacidad de leer: por tanto parece que esos sistemas ajustan cada vez mejor su comunicación según una persona va leyendo mejor. Esto puede explicar porqué un lector con experiencia navega un texto con una eficacia mucho mayor.

Estos resultados sugieren que hay que hacer una reconceptualización de la base neural de la lectura expandiendo el enfoque experimental desde uno centrado exclusivamente en la corteza a otro que incluya también estas áreas subcorticales asociadas con el control oculomotor y la atención visuoespacial selectiva.

La explicación más plausible para ese mayor grado de actividad es que estas regiones coordinan información de nuestros sentidos y de nuestros movimientos oculares, entre otras tareas. Ambas áreas mostraban un mayor desarrollo de las conexiones con la región cortical que procesa la visión después de aprender a leer. Otro resultado interesante es que las personas que mostraban los cambios más llamativos eran los que habían progresado más en su habilidad para leer en el período de formación.

Es complicado en estos estudios establecer relaciones directas. Por ejemplo, el tronco encefálico y el tálamo también se encargan de controlar la atención, una habilidad que se necesita para leer y también que se ejercita, y probablemente se refuerza, mediante la lectura. Por tanto, leer pone en marcha importantes procesos cognitivos y también implica el desarrollo de habilidades sensoriomotoras importantes, entre ellas la necesidad para un control fino de los movimientos oculares para ir barriendo línea tras línea del texto y para mover los ojos en las zonas más informativas.

Es muy probable que estos cambios se produzcan del mismo modo en los niños que están aprendiendo a leer y a escribir, y lo más lógico es que en esos cerebros en desarrollo los cambios sean más intensos, pero no se han hecho estudios similares en esa franja de edad.

Por otro lado es posible que esta línea de investigación pueda aportar información útil sobre la dislexia. Hasta ahora se sabía que las personas afectadas presentan diferencias en la estructura y función del tálamo en comparación con las personas neurotípicas. Puesto que las conexiones talámicas presentan cambios después de un curso de alfabetización intensivo es posible que la ausencia de una experiencia de lectura, o su escasez o anomalía como puede suceder en la dislexia, generen esos cambios. Es decir, la causa real de la dislexia no sería unas conexiones talámicas anómalas, sino que la dislexia podría ser la causante de las alteraciones talámicas.
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